[Aclaración: creo que esta frase se la he robado a alguien…
No sé a quién, pero me sirve tanto que no me queda más remedio que: (i) darle
las gracias, y (ii) pedirle perdón. Plagio reconocido seguro que es menos
plagio…]
A estas alturas, hay algunas cosas que puedo decir que he
aprendido de la vida. Ahí van, no por orden de importancia (aunque puede que
caigan así) sino como me van saliendo:
1.- La primera de
ellas es que no hay nada que ciegue más
que el orgullo. Bueno, a lo mejor el amor… O el enamoramiento, llámalo X.
Lo que pasa es que la ceguera del (en)amor(amiento) tiene un poquito más de
gracia, porque lo que hace es que no te deja ver lo malo. A la larga, no digo
yo que no, esto puede ser una putada. Te encuentras en cada jardín… Pero así a
corto plazo, no está mal. Es como el bosque de Blancanieves[1]: parece
precioso pero (puede) oculta(r) dentro cosas horribles, miedos, monstruos,
bestias. Ahora, puede que no lo haga…
El problema del orgullo, por oposición, es justo el
contrario. Lo que probablemente no deja ver son las cosas buenas de la vida. El
orgullo hace que nos encerremos en nosotros mismos y en actitudes tan
destructivas como la ira o, simplemente, la mierda. Y es que en la mierda se
está muy agustito… Hay que andarse con mucho ojo para no acomodarse en la
mierda, porque es como el maldito chocolate de Candy Crush, va creciendo y
creciendo y cuando te quieres dar cuenta te ha invadido. Pero además resulta
que no tienes vidas extra… Ni siquiera esperando 30 minutos. Así que mucho,
mucho cuidado. Por favor… Por todos. ¿Cómo es eso que ha dicho el Papa
Francisco[2] (que,
por cierto, me tiene enamorada)? “El primero en pedir perdón es el más
valiente. El primero en perdonar es el más fuerte. El primero en olvidar es el
más feliz”. No hay mucho más que pueda añadir…
2.- Otra cosa que
puedo decir que he aprendido es aquello tan repetido de que quien tiene un amigo, tiene un tesoro.
Además, por ahora, tengo la inmensa suerte de no haber conocido eso otro de que
los amigos se cuentan con los dedos de una mano. Puedo decir, y sé que no me
equivoco, que verdaderos amigos tengo muchos, muchísimos, probablemente muchos
más de los que me merezco. Pero en fin, tampoco vamos a fustigarnos… Si he
tenido esta suerte hasta el momento, bienvenida sea. Lo bueno de los amigos es
que siempre están ahí. Tu familia, en general, también, pero ellos no te han
elegido –lo cual te da la mayor libertad del mundo para ser tal como eres en
todo momento, con las injusticias que el mal humos provoca a veces… pero están
jodidos, tienen que quererte-. Tus amigos, sin embargo, sí te han elegido. Y te
quieren así. Es alucinante, pero es verdad. Lo que no quiere decir que no se
desesperen 1.500.000 con cada gilipollez que se te ocurre hacer… Eso sí, los
buenos buenos te dirán: “eh, imbécil, a ver si paras un poquito que se te está
yendo la olla”. Y, si no andas nubladillo con el tema antedicho del orgullo,
igual te paras y dices: “coño, lo siento, es verdad… ya paro”.
La consecuencia más inmediata que tiene esto del tesoro (lo de antes era más bien la causa) es que hay que cuidarlos. Si tienes un tesoro y lo que haces es enterrarlo o cerrarlo con llave... De poco te va a servir. Bueno, "servir" queda feo. Poco lo vas a disfrutar puede que encaje más... Pero disfrutar no quiere decir exprimir. Si sólo exprimes, se gasta. Lo tienes que invertir, buscando y comprobando una y otra vez si estás sacándole el máximo rendimiento, si lo estás haciendo crecer... Con el riesgo que esto conlleva, claro, per ese es otro tema, que me voy por donde no pretendía. Lo que quiero decir ahora es eso: que hay que cuidarlos. Que con lo valiosos que son, no podemos permitirnos perderlos.
3.- ¿Más? Pues
sí, se me ocurre otra. Esta es reciente y aún está en ensayo clínico en mi
cabeza, pero pinta bastante cierta… Es que we accept the love we think we
deserve. Toma ya. A mí, desde luego, me supone un guantazo bien dado en
toda la jeta. Y me da para pensar y pensar, que es lo que más me gusta… Ha quedado breve, aunque me parece de lo más crucial.
(qué bonita película, Clau, gracias)
4.- Y hablando de
guantazos, creo que aprendemos más de
las leches que nos damos que de las caricias en el morro. Que ya podía ser
al revés, no? Porque esto igual da ganas de aprender poco y ya está… Pero por
otra parte es inspirador, porque en la basura podemos hacer crecer bonitas flores (gracias, Fito). Jajajajaja vaya
con la cursilería esta tan tonta que me ha entrado… Pero es que es verdad.
Mola bastante pensar que de todo sacamos cosas buenas: de las alegrías, la
sensación de felicidad, y de las tristezas, lo que nos enseñan. Porque un amigo
muy sabio me dijo una vez que quien
tropieza y no cae, adelanta camino. Y qué razón tenía, como en casi todo.
Es todo por hoy. Me gusta recopilar este tipo de
pensamientos. Por si algún día, dentro de 30 años por ejemplo (o 30 días, que
mi memoria no da para más) decido volver a leer estas movidas idiotas que me da
por escribir y me doy cuenta de que se me habían olvidado. Porque sé, seguro,
que me gustará recordarlas. Como cuando era una adolescente pubertosa y me proponía
escribir las cosas que más me… lo dejo en “contrariaban” (jaaaa!) de mis
padres, para meditarlas si algún día me convertía en madre yo también. Pero
nunca lo hice. Y madre no soy, ni sé si lo seré, pero ya se me han olvidado. Y
me muero de la rabia… No más. Cada día un poquito menos procrastinadora.
Galletita!
[1] Por
favor, que alguien la mate… no hay nada más cursi, aparte de Julie Andrews, a
la que sólo podré perdonar en Sonrisas y Lágrimas. Lo de la repelente de Mary
Poppins, que encima abandona a los niños, o la patada-en-la-boca de Cortina Rasgada, que encima se queda con Paul Newman, no tiene explicación.
[2] La
frase no es original del Papa, es de Ravi Shankar, un gurú indio del que no sé
absolutamente nada. Gracias, Google.
