Me cuesta mucho decidir cuál es mi tipo preferido de domingo.
Hay domingos que disfruto saliendo a tomar algo a una terracita, paseando por Madrid tranquilamente, intentando olvidar por momentos que al día siguiente es lunes. Que no es que odie los lunes tanto como es costumbre odiarlos, porque en realidad significan la vuelta a una rutina que, en el fondo, también me encanta y que necesito cuando llevo demasiado tiempo sin ella. Pero la diversión tranquila de pasear y descubrir sitios nuevos y respirar y empaparme de mi ciudad me vuelven loca.
Otros domingos lo que me gusta es tener momentos de familia y/o de amor, de pedir comida a domicilio y jugar a un juego de mesa o comer cocina casera y rica y después echarnos una sesión de película de dos palabras de antena 3, ese placer culpable. Por cierto, al respecto de ese placer, resulta que me intriga bastante: ¿por qué encontramos (o encuentro) placer en el visionado de películas tan horrorosas y, sobre todo, tan ridículamente dobladas? No puedo soportar los doblajes de esos bodrios, sobre todo los de los niños, claramente doblados por señoras mayores forzando la voz, me hace querer que efectivamente los secuestre la niñera psicópata o vecina psicópata o cuñada psicópata. Porque esto es un hecho: sin mujer joven atractiva y a la vez psicópata que quiere robar maridos, niños o ambos no hay dramón de antena 3. La parrilla de después de comer del fin de semana quedaría vacía, huérfana. Pero bueno, esa es otra historia. Siendo sincera, yo creo que a mí me gusta de la misma manera que a otra gente le gustan los realities: te hacen pasar un rato sin pensar. En mi caso, me acompañan en la deliciosa siesta dominguera de sofá y manta. Qué maravilla la de pasar una tarde de domingo en un sofá, con una manta y con alguien al lado a quien quieres, sea de una manera o de otra.
También están los domingos de cine y palomitas, claro está, pero esos cada vez son menos. Supongo que cada vez hay menos gente que aguanta ir conmigo al cine para que me duerma irremediablemente. Y también que yo voy interiorizando que, si me voy a dormir sí o sí, a lo mejor no tiene tanto sentido gastarme 15€. Esto sumado a que hay un 67,5% de posibilidades de que pase frío durante la siesta, y entonces ya no suena tan placentera. Sí, el porcentaje es exacto y contrastado. Así que bueno, estos domingos ya escasean.
Pero quizá los que más me gustan (o a lo mejor es porque estoy en medio de uno y lo estoy gozando intensamente) son los que paso totalmente sola en mi casa. Me cunden tanto... Me siento la persona más maruja del universo y eso me hace tremenda y extrañamente feliz. Me da tiempo a organizar mi semana (hago los menús, la lista de la compra, repaso mi agenda y recados pendientes, ocasionalmente hago caldos, guisos y/o cremas para la semana, etc.), recojo y adecento mi casa (pongo lavadoras y lavaplatos; ordeno la ropa que he ido acumulando por distintos rincones del lugar o mis "bershkas en rebajas", como los llama Juli; limpio bolsos, zapatos y/o carteras,...), leo tranquilamente, veo series -generalmente no mis preferidas, sino alguna que pueda tener puesta y prestar menos atención, para que me acompañe en mis idas y venidas...- y, sobre todo, tengo mis sesiones de belleza integral. Esto sí que es el gustazo total.
Yo es que soy un desastre en temas de cuidados de belleza y en cosmética. Comprar no es precisamente el problema, yo por comprar compro millones de botes que van poblando mi baño para la desesperación del pobre granaíno. Lo que pasa es que realmente no tengo ni idea de los productos que debería usar y, cuando tengo esa información, generalmente la acumulo en alguna de mis inútiles pero satisfactorias listas, pero rara vez la pongo en práctica. Sobre todo, no regularmente. Por eso estos domingos de auto-indulgencia se están convirtiendo en la forma de calmar mi conciencia en ese aspecto. Disfruto como una enana haciéndome una limpieza dental casera, un peeling químico que me deja la piel suavita y feliz -por unas horas, ojalá me durara más el tema-, hidratándome con cuidado todo el cuerpo, las manos, las cutículas, la cara, los pies, el pelo... Arreglándome las uñas. Viendo vídeos/stories de gurús de belleza con consejos que no sé si alguna vez utilizaré o irán a las eternas listas. Hoy he empezado a investigar sobre los aceites, que fíjate tú podrían ser la solución a mis estreses de piel con tendencia grasa. Quién lo iba a decir, ¿verdad? Aceite para acabar con la grasa. Así es la cosmética, era evidente que no iba a ser mi campo de conocimiento. Al final esto acabará en 2-3-4 nuevos botecitos en mi baño que nunca usaré. Salvo, quizá, algún otro domingo feliz...
Bienvenido seas, lunes. Estoy preparada!