Este año, el 20 de septiembre, hará veinte años del final de aquellos doce y pico en los que, casi con toda certeza, ella fue la persona más importante de mi vida.
No había nada como la suavidad de su piel, llena de arrugas (recuerdo una cantidad seguramente exagerada porque, aunque para mí era poco menos que una anciana, según me voy haciendo mayor me doy cuenta de que estaba muy lejos de serlo). Era una piel blandita, flexible, con un tacto tan aterciopelado... Sonrío al pensar que las dos cosas que más me gustaban de ella -la piel, algo descolgada por sus años, y el pelo blanco maravilloso desde mucho antes de ser lógico- eran posiblemente las que menos le gustaban a ella de sí misma. Porque aunque no le gustase parecer coqueta, yo creo que sí lo era. Y, opiniones aparte, era una auténtica belleza.
Lo que más me gustaba del mundo era que me hiciese "masajitos" en la espalda, que en realidad más que masajes eran dibujos que hacía con las yemas de sus dedos en mi espalda mientras yo, tumbada boca abajo y con los ojos cerrados, le pedía que me contase un cuento. Siempre me contaba cuentos y siempre eran distintos. Me pedía que escogiera dos o tres animales, y con eso tiraba y construía la historia de esa noche. Era el mejor momento del día.
Su pedicura siempre en rojo Ferrari, sus imponentes piernas largas y delgadas. Como más las recuerdo es con ellas cruzadas una sobre la otra y extendidas a lo largo de su sofá, el de la ventana que salía a la terraza. Ese cruce de piernas era para mí la elegancia materializada.
Esa terraza en la que cuidaba sus plantas, que a veces le devolvían sustos en vez de cariño. Como las adelfas, que le atacaban los ojos y continuamente le hacían heridas. Qué miedo le daba que me acercara a las adelfas... Es una de las razones por las que me encanta ir en coche a Andalucía (me pasaba también en California): las carreteras llenas de adelfas con flores blancas y rosas. Para mí es ella cuidándome.
Los regalitos debajo de la servilleta cada vez que comíamos con mis padres y/o alguna amiga en el comedor. Su aprobación inmediata cada vez que quería invitarlas a dormir. La forma de consentirme siempre, con lo caprichosa que yo era: que si las galletas, que eran mi perdición y a las que se suponía que no debía ni acercarme por mi precoz colesterol; que si las colecciones que se llevaban en cada momento: las de cromos, gogos, tazos, chupetes-delfines colgantes... cualquiera; que si la rolling pizza o la comida basura x del momento; que si la tómbola de Sigüenza... En esto era la auténtica abuela española. Siempre decía que sí. Y me imagino que mis padres desesperaban.
El tuquecrés: cada fin de semana, después de independizarnos, dormía en su casa y ella me preguntaba qué quería de cenar... Yo siempre le respondía "¿tú qué crees?", porque irremediablemente cada fin de semana quería pasta, por supuesto. A ver, era mi nonna, ¡qué iba a querer si no! Me gustaba cuanto más pequeñita mejor, siempre con ragú. Cuando no me tocaba a mí elegir, había también terrín, librillos, filetes rusos, guisantes con jamón, camembert al horno. Los tuppers blancos hexagonales de ración individual congelados y con el contenido escrito a lápiz encima de los restos de mil otros mensajes anteriores. El queso antes del postre. La fruta obligatoria. Quizá mi nonna no era la mejor cocinera del mundo, o al menos no la más innovadora, pero a mí me encantaba su comida -sobre todo el tuquecrés- y sigo echándola de menos.
Las hojas enormes en las que transcribía las notas cuando corregía controles, con la mesa del comedor completamente cubierta de papeles y pilot rojo en mano. Cómo me echaba de allí cuando los que corregía eran de mis amigos. Cuando por la mañana me decía "hoy en el C tenemos control de Naturales, pero me parece que me voy a olvidar...". Me hacía cómplice de sus travesuras y era como si fuésemos dos amigas de 8 años.
Nuestras tardes de chicas en el Corte Inglés, que por supuesto se conocía de memoria y por el que paseaba como si fuera el salón de su casa. Esas veces en que, para compensar las horas de recados, me invitaba a tortitas en la cafetería. Cuando comprábamos "el disco del mes", porque nada le gustaba más que lo que yo disfrutaba la música y quería fomentarlo todo lo posible. Bueno sí, al mismo nivel estaba su orgullo por lo que me fascinaba leer. Por eso nuestras visitas a Ontanilla, la librería de siempre, eran eternas. Me dejaba llevarme todos los libros que quisiera (si me pasaba de avariciosa, María nos guardaba alguno para la siguiente visita).
Sus mitones de piel para conducir y no quemarse con el volante. Lo bien que conducía, lo independiente que era. Su autonomía, nunca pareció necesitar a nadie. Sus "martes fémina" en los que merendaba con sus amigas viudas. El mejor ejemplo de mujer fuerte y valiente lo tuve tan cerca!
Los dos viajes a Italia que tuvimos tiempo de hacer: Venecia y Roma. Supieron a muy poquito, pero me enamoraron para siempre del país más delicioso (literalmente) del mundo. A la primera fuimos en Carnaval y me regaló un vestido maravilloso de veneciana, con máscara y todo, con el que me sentía la princesa más guapa de toda Italia. A esto también ayudaba el millón de chinitos que me hacían fotos por la calle. Dejamos de contar cuando llegamos a doscientas. Como era febrero y hacía un frío de narices, se empeñaba en vestirme con leotardos y pantalones y jerséis y mil capas más debajo del vestido, cosa que evidentemente me hacía perder una dosis importante de glamour. En Roma recuerdo sobre todo una deliciosa pizza en Piazza Navona, después de enseñarme con orgullo el Palazzo Braschi. Bueno, y el impacto que me provocó el Coliseo. Era lo más impresionante que había visto nunca. Lo feliz que fue enseñándome sus raíces, que son también las mías.
Su canturreo entre dientes y sin oído alguno cuando se encabronaba por algo e intentaba no montar el pollo... Su falta total de ritmo/coordinación para el baile y el cante y lo poco que le importaba. Su cancioncita tocando la campana cuando tocaba volver a clase: "Se acabó el recreeeeeo, y empezó otro nueeeevo...". Lo mucho que le gustaba Libertad sin Ira. Y el chotis, le encantaba cantarme "Pi-chi..." porque me reía un montón. Aunque yo siempre quería cantar Los Nardos. Cómo imitaba el acento castizo y me intentaba explicar lo que era. También canciones en italiano, claro está! Sigo cantando Capuccetto Rosso, aunque la he buscado y, (i) se ve que nosotras nos quedamos ancladas en la primera estrofa, pero hay varias más; y (ii) la letra de esa primera estrofa que cantaba mi nonna es más o menos un 50% inventada. No me sorprende tanto, en realidad. El gen cantautor del Pater ya tiene explicación.
Aquella vez que -por iniciativa suya, lo prometo- me ayudó a mentir a mis padres y les dijo que un "NM" en Naturales significaba "Nunca Mejor" (en vez de "Necesita Mejorar"), para luego ponerme a estudiar como una loca en su casa hasta recuperar la nota del control con Don Eduardo. Aún recuerdo que era sobre las propiedades de la materia: dureza, tenacidad, ductilidad, maleabilidad... y también que no había suspendido por no entenderlo, como le dije muerta de vergüenza y bochorno, sino porque no me lo había estudiado, la verdad. Pero eso sí que no podía reconocérselo porque sentía que la decepcionaría demasiado y eso sí que jamás.
El día que, pese a que mis padres me habían pedido insistentemente que guardase el secreto para darle ellos la noticia, le solté en mitad del garaje de su casa que iba a tener un hermanito y casi se cae de culo en el sitio. Compartir nuestra emoción. Morir juntas de nervios por conocerle.
Mi nonna era la única nonna o, al menos, yo no conocía más. Aquí no había. Y aunque la mitad de mis amigos intentasen llamarla así (en realidad todos decían "nona" y yo no podía de los nervios de la mala pronunciación), era solo MI nonna. A la satisfacción que antes me producía esa exclusividad ahora se añade una pizca de tristeza, porque fui la única con esa suerte inmensa y a lo mejor eso es un poco egoísta. Soy la más afortunada, es un hecho. Porque, además de ser la única nonna, era la mejor que nadie podría haber tenido.
Nonna, mi manchi tantissimo ancora. Ci vediamo presto o più tardi, ma comunque ci vediamo.
Ti voglio bene,
L'amore della nonna