Dos fenómenos que podrían no tener nada que ver. De hecho, así parece. Pero en mi interior están estrechamente relacionadas al unirse en la figura de... Alex Turner. Porque es posible que mi amor por él dure toda la vida. Y porque, al mismo tiempo, no puedo de la vergüenza ajena cada vez que lo veo sobre un escenario o leo una entrevista suya, todo desde la transformación californiana. Porque antes era un chico tímido y oculto tras un pelo casco muy brit-pop, que escribía como quería y cantaba menos bien, pero daba igual, porque no estaba en su voz su atractivo. Eran más esas últimas consonantes -especialmente la k-, a las que nunca renuncia. Las palabras desconocidas (cuánto inglés he aprendido!). Y entonces... llegó el ego. La primera impresión, 27 de enero de 2012, fue de "hum... se ha hecho un hombre! viva!", porque la chupa de cuero le daba un punto, no lo puedo negar. Pero se ha pasado mil pueblos. Lleva tupé y un peine en el bolsillo que saca con excesiva frecuencia para un uso ni siquiera inspirado en Danny Zuco, es incluso un poco Kenickie. Pone posturitas. Mueve la cadera. Ahora lo que me hace es ponerme muuuuy roja y sonreír contenidamente abriendo mucho los ojos. No quiero que lo vean así, porque ese no es MI Alex. Para que se me entienda, el antes y el después:
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| Antes |
Después
En fin, vaya sarta de chorradas, para variar. Pero ya me he quedado más a gusto. Esto me da pie a darle vueltas a estas dos cosas tan raras por separado...
1.- La vergüenza ajena. Es un fenómeno muy extraño, creo que provocado por inseguridades estúpidas. Por eso lo más normal es sentirlo en la adolescencia, y generalmente provocada por tus padres. Porque había momentos en que querías que te tragara la tierra... Corrijo: que LOS tragara la tierra, para que la gente no fuese testigo de su imperdonable desubicación. Y para los que tenemos el sentido del ridículo híperdesarrollado, esta sensación se repite con frecuencia. Cuando una tía cualquiera canta a lo "Maraia" -o Tenesoya-, lo haga bien o mal; cuando un tío, generalmente gordecho y probablemente del sur, hace una broma sin gracia alguna, en voz muy alta para que todo el mundo de alrededor se ría; cuando Van Damme baila la vaina loca (no así cuando se despatarra entre los dos camiones, eso merece una ovación); cuando una ex-niña-Disney toma la decisión de hacer de guarrilla penosa cada vez que vislumbra una cámara; cuando un grupete de púberes seleccionados por un productor haitiano presenta su primer "single", en directo, delante de la boy band más famosa de todos los tiempos, fusionándolo con el mayos éxito de los susodichos, sin prestar atención a sus miradas de confusión -entre el "debe ser broma, voy a reírme" y el "o no... igual lo hacen en serio"-. (Nota: sí, soy fan, la mayor fan de los Backstreet Boys mientras no se demuestre lo contrario. Es perfectamente compatible con los Arctic Monkeys, qué pasa?)
2.- El amor platónico. Ese maravilloso invento de quien mueva los hilos. Porque el amor platónico es perfecto. Tiene mucho de lo bueno -no todo, lo reconozco-, pero nada de lo malo. No se estropea, no se da de sí, no se reblandece, no cansa. Un amor platónico puede quedar relegado a un rinconcito del corazón en el que no siempre reparamos; pero entonces vuelves a verlo, oírlo, leerlo o recordarlo de cualquier manera y te das cuenta de que sigue exactamente igual de vivo. Y es precioso... Y siempre será tuyo. Porque depende 100% de ti. No hay otro que tenga que sentir lo mismo para que exista un equilibrio, porque el amor platónico es, en esencia, desequilibrado. Podría haber un equilibrio si fuese bidireccional (en ese caso, pasa a ser un amor imposible), pero esos pueden doler un poquito. Además, el amor platónico no es excluyente. Nunca será suplementario, si acaso será complementario. En este sentido debe ser como el amor que uno tiene por sus hermanos o por sus hijos: no por tener más quieres menos a cada uno de ellos. Es evidente, ¿no?
No sé si la vergüenza ajena es algo que todo el mundo siente alguna vez. Yo creo que la siento muchas más veces de las que corresponde... Tampoco sé si todos tenemos al menos un amor platónico. Yo, desde luego, sí tengo esa suerte.



