Echo de menos muchas cosas, eso está claro. Pero una de
ellas es escribir y eso tiene fácil solución, así que allá voy.
Desde que estoy de vuelta, vengo sufriendo una especie de
depresión post-erasmus aguda. Mi padre, creyéndose poseedor de la intuición
materna, sí, esa que llega a dar miedo, porque cómo carajo lo saben TODO,
incluso antes de que lo sepas tú mismo??... Pues como decía, mi padre está
convencido de que me he enamorado. No se le ocurre por qué otra razón puedo
estar callada y en mi mundo. Yo creo que tampoco es así, pero por lo visto no
hablo. Y le da igual que le diga que no, él sólo dice “ya me lo contarás cuando
quieras, no te presiono”. Aunque en realidad un poco de razón sí tiene, pero no
como él piensa. Me he enamorado de muchos y muchas, de sitios, de experiencias,
incuso un poquito más de mí misma (eso no ha sido enamoramiento, ha sido
autoaceptación). Así que ahora estoy un poco perdida en el que realmente es y
siempre ha sido mi sitio, en mi ciudad, en mi trabajo, con mis amigos, con mi
familia. No sé muy bien cuál es la razón, pero la sensación es de estar donde
no debo.
Cuando oía a la gente eso de la depresión post-erasmus me lo
imaginaba de otra manera. Pensaba que era algo así como que vuelves a casa
después de disfrutar lo mejor de la independencia y te sientes encerrado,
controlado. Lo que pasa es que a mi eso del control parental ya se me pasó hace
mucho tiempo, ejem (si es que alguna
vez llegué a estar sometida a algo así, ya se sabe que yo era muy buena y no
necesitaban atarme en corto precisamente…). Y entonces me doy cuenta de que no
es eso. Es más bien que sientes que has vivido algo muy especial, algo que te
cambia la perspectiva de las cosas, que te amplía la mente, que oxigena tus
principios y que remueve tus cimientos. Parece que te desestabiliza, pero en
realidad te fortalece. Y vuelves y, como es normal, quieres compartirlo.
Pero no puedes. No es que la gente no te quiera o no lo
importe lo que has pasado. Son dos cosas: primero, como no han vivido esas
experiencias contigo, no lo entenderán nunca como tú. La visión desde fuera es
muy distinta a la que se tiene desde dentro. Es normal. Segundo: sí, te quieren
y les interesa… pero les aburre. Es aún más normal, a todos nos pasa. Es muy
guay escuchar a alguien contándote un viaje a un sitio maravilloso en el que
nunca has estado, o en el que sí has estado y por eso te gusta recordarlo; o ese
apasionante tema de trabajo que les está haciendo exprimirse el cerebro o la
paciencia o en el que han triunfado tras enfrentarse a jefes despiadados o
compañeros trepas maliciosos; o una noche de copas de esas épicas en las que
pasa absolutamente de todo y es tan surrealista que crees que te están contando
un capítulo de Cómo conocí a vuestra madre, o así. Sí, sí, muy guay. Pero no
más de cinco minutos, por favor. A la foto número 200 o a la quinta historia de
Kimberly, a la que no has visto en tu vida, sólo quieres encontrar el botón del
teletransporte inmediato.
Así que sólo queda repasarlo mentalmente y recordarlo con la
gente que está desperdigada por el mundo y a la que sin embargo sientes tan
cerca (milagro de Facebook y Whatsapp, gracias). El miedo, claro está, es que
cada vez los vayas sintiendo un poquito más lejos, hasta que el cordón que te
une y que parece de esos irrompibles de nylon o de elastán a lo mujer
increíble, que se estira lo que quieras pero nunca se rompe, acabe
deshaciéndose poco a poco. Porque, además, todos recordamos aquéllas despedidas
de los campamentos del tipo “vamos a ser mejores amigos para siempre!”, “en
enero voy a Madrid a verte por tu cumple, aunque viva en Katmandú y tengamos 9
años!” y demás. Son promesas que, por muy increíble que pueda parecer, nunca se
cumplieron. ¿Pasará lo mismo esta vez?
Yo creo que esta vez es diferente. El hecho de tener trabajo
para poder financiar las visitas –aunque dosificando…- y edad para viajar sin
permiso de los progenitores facilita mucho las cosas. Esto ya no son cosas de
niños. Llevamos meses pretendiendo serlo, pero no lo somos. Hemos disfrutado el
disfraz de la libertad y la falta –o mitigación- de responsabilidades. Ahora
viene la parte en que, como adultos, disfrutamos la segunda parte. Y también
las hay buenas… Véase El Padrino (me lo han contado, aún no lo sé… ya, ya, lo
siento) o El Rey León.
Así que toca ponerse las pilas. Las amistades siempre hay
que cuidarlas (esa es una de mis teorías fuertes en la vida), pero si encima
están lejos, hay que cuidarlas más por razones evidentes. Por lo pronto, ya están
planeadas visitas varias. La primera con billete de avión, la segunda casi
accidental y la tercera on the works.
Me apetece mucho ver cómo va a ser esto de maullar en otro escenarios…
Distinto, seguro; más real, probablemente también. Lo que está claro es que lo
disfrutaremos al 100% y que no tardaré en compartirlo.
PD: mientras escribo esto, un amigo de mi padre se me acerca
y me pregunta: “quién es él?”. Le contesto: “no hay él!”. Y entonces al rato
vuelve y comenta “no sé qué hubo en EEUU, pero es un hijo de puta y lo voy a
matar”. Curiosa la percepción masculina O.O
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