lunes, 29 de septiembre de 2014

MIEL

Ahora no sé qué hacer con tantos besos que todavía me quedan dentro y que de repente ya no tienen dueño. Porque si por lo menos desaparecieran con él… Pero no, yo todavía los tengo. Igual que los secretos sin contar, las sorpresas sin desvelar, los planes que en algunos rincones de la mente empezaban a asomar aunque no hubieran pasado al plano consciente, las esquinas sin explorar. ¿Qué hago con todo esto? No me vale hacer un mercadillo, como con todas las cosas que no me caben en casa. Es quizá un reajuste parecido… Pero no es igual. Porque el sitio donde antes estaban estas cosas de las que ahora me desprendo sigue estando donde estaba, aunque yo me relocalice. Pero los “sobrantes internos” no los quiero regalar, no los puedo vender. Se han quedado huérfanos. Se formaron para un solo destinatario, que no era yo. Entonces, repito, ¿qué hago con todo esto? Entiendo mejor que nunca esa cursi expresión de quedarse con la miel en los labios. Tengo que decir que es terrible, porque por mucho que intentes chuparla para dejar de notarla lo más rápido posible, ahí sigue la estúpida miel, pegajosa y tenaz. Bueno, y no tan dulce.

Comprendo que esto forma parte de la vida. Que a todos nos pasa, antes o después, una, dos, mil veces. Que todos las vamos superando, que sólo hace falta tiempo. De lo que no estoy segura es de que nos recompongamos al completo. Quizá quede una pequeña parte estropeada. Puede que un dos por ciento. Ese maldito dos por ciento, con el que tampoco sé qué hacer…


No soy tan fuerte como pensaba, me ha pegado más duro de lo que había calculado. A lo mejor me hacía falta para crecer, para entrenar el corazón y acabar sacando bola. Sólo el tiempo dirá si esto ha sido para mejor. Habrá que hacerse con la miel una coraza.


PD: observo con ironía que la última entrada era del 25 de abril... La vida va de graciosa, y a veces no tiene ni puta gracia. 

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