Ahora no sé qué hacer con tantos besos que todavía me quedan
dentro y que de repente ya no tienen dueño. Porque si por lo menos
desaparecieran con él… Pero no, yo todavía los tengo. Igual que los secretos
sin contar, las sorpresas sin desvelar, los planes que en algunos rincones de
la mente empezaban a asomar aunque no hubieran pasado al plano consciente, las
esquinas sin explorar. ¿Qué hago con todo esto? No me vale hacer un mercadillo,
como con todas las cosas que no me caben en casa. Es quizá un reajuste parecido…
Pero no es igual. Porque el sitio donde antes estaban estas cosas de las que ahora
me desprendo sigue estando donde estaba, aunque yo me relocalice. Pero los “sobrantes
internos” no los quiero regalar, no los puedo vender. Se han quedado huérfanos.
Se formaron para un solo destinatario, que no era yo. Entonces, repito, ¿qué hago con
todo esto? Entiendo mejor que nunca esa cursi expresión de quedarse con la miel
en los labios. Tengo que decir que es terrible, porque por mucho que intentes chuparla
para dejar de notarla lo más rápido posible, ahí sigue la estúpida miel,
pegajosa y tenaz. Bueno, y no tan dulce.
Comprendo que esto forma parte de la vida. Que a todos nos
pasa, antes o después, una, dos, mil veces. Que todos las vamos superando, que
sólo hace falta tiempo. De lo que no estoy segura es de que nos recompongamos
al completo. Quizá quede una pequeña parte estropeada. Puede que un dos por
ciento. Ese maldito dos por ciento, con el que tampoco sé qué hacer…
No soy tan fuerte como pensaba, me ha pegado más duro de lo
que había calculado. A lo mejor me hacía falta para crecer, para entrenar el
corazón y acabar sacando bola. Sólo el tiempo dirá si esto ha sido para mejor.
Habrá que hacerse con la miel una coraza.
PD: observo con ironía que la última entrada era del 25 de abril... La vida va de graciosa, y a veces no tiene ni puta gracia.
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