lunes, 11 de abril de 2016

TREINTENA


Ya llevo un par de meses en la treintena y me siento capacitada para extraer por lo menos las primeras conclusiones...

Así, en abstracto, creo que es una tontería pensar que, por el hecho de completar un año más de vida que hace que resulte que el total vivido termine en cero, ese momento es un punto de inflexión. La razón de los cambios no puede ser el cambio de década, porque ya ves tú... Lo que diga el calendario nada te cambia por fuera ni por dentro. O, por lo menos, los cambios tardan más en producirse que un momento. Es obvio. Aún así, resulta que yo sí siento que he vivido (estoy viviendo) un punto de inflexión. Será una coincidencia con el calendario!

En estos últimos años he aprendido a vivir sola, lo que creo que es fundamental para cualquiera. Y resulta que, según lo aprendo, ha aparecido una persona a volverme el mundo del revés. Yo que siempre he tenido mis teorías, ahora llega él y me las cambia. No todas, claro está, mi esencia es mi esencia... Cuando ya sabía cuidarme yo solita, aparece él y me cuida más que nadie. Cuando ya sentía que estaba aprendiendo a afrontar la vida de forma totalmente independiente, llega él para darme el apoyo que pensaba que no necesitaba. Me quiere y yo le quiero. Sé que no es la edad más normal para que esto me suceda, pero es la primera vez en mi vida que me pasa algo así. Y es maravilloso.

No es como en las películas, esa especie de euforia con fuegos artificiales por todas partes... En mi caso, por lo menos, no es así. Es una tranquilidad y una paz infinita (que eso sí, se sienten como una euforia de fuegos artificiales). Unas ganas de estar con él que no se quitan, ni siquiera cuando de verdad lo estoy. La falta total de angustia cuando está lejos. Es echarle de menos y sonreír por darme cuenta de lo bonito que es: lo echo de menos porque le quiero. Es darme cuenta de que tenemos opiniones diferentes y no necesitar convencerle en ese mismo momento de que la mía es la buena, por supuesto. Pensar, escuchar, tener paciencia, abrir mi mente a su opinión, valorarla, admirarla. Poder expresar en cada momento lo que siento y lo que me pasa por la cabeza, sin miedo al efecto que pueda tener sobre él, porque me quiere y me acepta. Estar segura.

Y todo esto en un suspiro. En un momento. De repente. Yo, que cuando veo a la gente de mi alrededor tomar decisiones que en mi cabeza son demasiado rápidas, me agobio y no soy capaz de empatizar del todo con ellos. Que intento no juzgar, porque es algo que odio profundamente, pero que me alarmo. Yo, la misma persona, cambio el chip de manera instantánea y mi mente empieza a volar con sueños y proyectos. Siempre he sido muy soñadora, eso no es nuevo... Pero reconozco una diferencia fundamental: antes eran sueños irreales; ahora tienen sentido. Para empezar, porque no estoy sola en ellos...

No sé si las decisiones que tome serán las adecuadas. No sé si acertaré. Pero sí sé que el que no arriesga, no gana. Y que no me da miedo equivocarme, no me da miedo sufrir la pérdida, porque será, en todo caso, de algo que he tenido y que me ha hecho feliz. Y que sólo por cuánto he llegado a conocerme a mí misma, a aceptarme, a valorarme, soy capaz de descubrir lo que quiero y lo que no con una facilidad infinitamente mayor que antes. Ojalá no llegue nunca esa pérdida, pero si llegase confío en saber aceptarla y en mantener la consciencia de lo inmensamente feliz que he sido antes. Estoy convencida de que merecería la pena.

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