jueves, 15 de marzo de 2018

LA GENTE QUE ME GUSTA

Hace un tiempo guardé un texto de Mario Benedetti que se llama así, "La gente que me gusta". Hoy he visto el título en mi cajón de recuerdos virtuales y he querido darle una vuelta a cómo es la gente que me gusta a mí. No he querido leer a Benedetti para no copiarle más o menos intencionadamente. Por si acaso, me he evitado la tentación. Aunque no me extrañaría que compartamos gustos, porque siento que los míos son todo menos originales en este tema.

Me gusta la gente que sonríe. [¿Ves? Primer ejemplo... Sería raruno que me gustase lo contrario. Vamos, pienso yo...] Pero el hecho es que me encanta. Sonrisas de verdad, claro, no forzadas. No las típicas de dependiente americano que te recibe a la entrada de su tienda con un "Hi there, how are you doing today? Can I help you with something?", con toda su caja de dientes perfectamente alineados y perfectamente blancos. Esas la mayoría de las veces me dan miedito, me incomodan. Las que me gustan son las de verdad. [Ahí, innovando a lo loco. No te cortes, Rocío, habla sin tapujos. Madre mía...].

También me gusta la gente que le pone ganas. La que transmite pasión sin rubor alguno, la que se enciende hablando de lo que le emociona independientemente de si al de delante le emociona también (que entonces es más fácil) o no le interesa en absoluto. Porque yo, por lo menos, cuando cuento algo con pasión, si el de enfrente no me acompaña con su entusiasmo me embajono y ya como que prefiero no compartirlo, gracias. Me quita la energía. Como dice una amiga querida, me rompe mi saquito de ilusiones. Y admiro profundamente a la gente con esa energía innata e indiferente.

Me gusta la gente original, pero no la que presume de esa originalidad. La que es original de forma espontánea, la que tiene personalidad. La que baila en mitad de una fiesta como nadie más, o la que canturrea -generalmente, fatal- mientras se concentra en alguna labor manual, o la que se viste con algo impensable pero lo hace de forma tan desenfadada que resulta atractiva, hipnótica, un poco magnética. Es bonito ser diferente y no esconderlo. Lo que no es tan bonito es insistir demasiado en hacerlo patente porque entonces, para mí al menos, más que diferente eres un coñazo. Ja!

Me encanta la gente buena. Esa gente que no entiendes cómo puede hacerlo, pero en medio de tormentas con nombres absurdos se empeña en seguir brillando y alegrando a los demás. Y lo consiguen, claro está, porque la alegría es de las cosas -buenas- más contagiosas que hay. Debe ir justo por detrás de los bostezos. Muchas veces son estas personas buenas las que deberían necesitar ese contagio de alegría de otro, ese chute que viene de fuera. Y sin embargo, aunque la necesitan, el hecho es que la autogeneran y no les hace falta el chute de nadie más. Es maravilloso.

Me gusta muchísimo la gente rápida. La que tiene salidas en el momento más apropiado, la que responde en 0,0005 millonésimas de segundo con la frase perfecta. La que te saca la carcajada a destiempo, porque no estabas preparado. A veces son rápidos a tiempo completo, y siempre sabes que la risa está garantizada. Pero otras veces, y estas me gustan aún más, son rápidos insospechados, calladitos, ocultos en el silencio hasta que de repente saltan con la perla más perfecta. Son como la pimienta del zumo de tomate! Es sólo un toquecito de gracia pero sin ella no tiene ningún sentido beberlo!

Por supuesto, me gusta la gente que sabe pedir perdón, cosa que para mí es complicadísima. Y todavía más por supuesto, la gente que perdona. Qué difícil es perdonar... Pero qué bonito, cuánto repara, cuánto sana, cuánto ayuda a ser feliz. Para mí es un básico en la vida, la verdad. Además es algo que nunca dejo de aprender, porque siempre siempre siempre me cuesta muchísimo esfuerzo. suena a que me tengo que pasar la vida perdonando afrentas y ni mucho menos! Jajajajaja pero cada vez que me toca, me cuesta horrores, igual que pedir perdón (que esto sí que me toca hacerlo con más frecuencia...). Es mi orgullo y no estoy nada orgullosa de él. 

Me gusta además la gente que se ríe de sí misma, pero no de una forma forzada, dramática o patética sino esos a los que les sale de manera natural, desenfadada y también ocasional. Hay pocas cosas tan geniales como reírse de uno mismo... Puedes estar seguro de no ofender a otro, entre otras cosas. 

Por último, me gusta la gente piadosa. pienso que la piedad tiene mucho de generosidad, porque supone anteponer la comodidad o incluso la felicidad del otro al impulso interno. Es tan bonita la gente piadosa... Me admiran mucho las personas con la habilidad de saber cuándo hablar, cómo hacerlo y también cuándo callar. Y no, eso no es hipocresía, es piedad, es consideración, es sensibilidad y es empatía. 

Al final creo que todo se puede resumir en que me encanta la gente natural. Y que, al final, la gente que me encanta es la que es como a mí me gustaría ser.

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